lunes, 30 de octubre de 2017

El morrito y los amates de Oaxaca...



El hombre siempre se ha encargado de manifestarse artísticamente alrededor de la naturaleza… La interacción con las plantas, con los árboles, formulando nuevos ingredientes para la cocina, ideando nuevos usos para las frutas… Vemos cómo fue la perspicaz domesticación del teocintle en la Cueva de Guilá Naquitz, cómo se aprovechaba el mezquite, los nanches, los nopales y claro el económico y exquisito uso que se le daba al cacao…
Y es que este arte, llamándole así porque es evidente la mano humana que interviene e interactua con la naturaleza. Una prueba de esto es indudablemente el jardín etnobotánico de Oaxaca. Este monasterio, que ha sido testigo de las transiciones que tuvo el Templo de Santo Domingo, desde ser una gran empresa religiosa, pasando por su abandono, hasta su rescate…
Y uno de estos grandes rescates fue el evitar que este espacio se convirtiera en un gran hotel. Consiguiendo llegar a ser un jardín del tiempo, un jardín que te abre varias puertas a la historia.
Entre pensamientos antiguos de la edad de las cícadas y sentimientos del tamaño de las biznagas, imaginando todo aquello que los mixtecos plasmaban en el papel amate o en las pieles de venado… y ahí vemos estático y vivo el amate, con sus raíces trepando aquél viejo muro… La sangre corre y la imaginamos de un tono rojo vivo, con más cochinilla que nunca…
Y escuchamos del copal, del mulato y otros primos de la familia de las burseras… y se nos antoja un zapote, un chicozapote, bailar con las conchas acompañando a nuestros tobillos, y tomar un mezcal tobalá servido en una jícara recién arrancada del morrito… Para la otra que venga a Oaxaca, tal vez alguien me invite por ahí unos frijolitos con chepil…